“Al hombre se le puede quitar todo excepto una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la propia actitud ante la adversidad, decidir el propio camino.”
Este 26 de diciembre cumplí exactamente un mes laborando en el consultorio de Fundación Best. En retrospectiva, puedo afirmar con honestidad que ha sido una experiencia profundamente grata y, sobre todo, formativa. No sería del todo honesto de mi parte decir que todo ha sido fácil, pues han existido momentos difíciles, errores inevitables, decisiones complejas y situaciones en las que la incertidumbre se impone y uno se enfrenta, sin filtros, a sus propios límites.
Uno de los casos que más me marcó ocurrió en plena víspera de Navidad. Se trató de un paciente joven, cursando la cuarta década de la vida, que acudió por una lesión lingual. Tras realizar una anamnesis detallada y una exploración física exhaustiva, fue necesario informarle que presentaba factores de riesgo y hallazgos clínicos atípicos que ameritaban valoración por segundo nivel y estudios de seguimiento, con la posibilidad de una biopsia excisional. En otras palabras, en plena Nochebuena le daba informes de salud a un paciente que era necesario descartar la posibilidad de cáncer.
Fue una noticia bastante difícil para el paciente, quien necesitó tomarse unos momentos para asimilarla; y debo admitir que, una vez concluida la consulta, yo también los necesité... Lo cierto es que si bien se cumplió con la labor como médico de primer nivel de atención al realizar una referencia oportuna a Otorrinolaringología, también es cierto que uno no deja de ser humano.
La empatía no es un defecto del médico; es una condición indispensable para ejercer con dignidad. Compartir el temor, el sufrimiento y el dolor del paciente no vuelve al médico menos competente; por el contrario, lo vuelve capaz de comprender verdaderamente al enfermo y a su familia.
Si bien nos vuelve vulnerables, es precisamente esa vulnerabilidad una fortaleza que, lejos de debilitarnos, nos permite ejercer la medicina con un amor profundo por la vida y un respeto sincero por la muerte.
Durante mi formación, recuerdo con claridad mis rotaciones en urgencias pediátricas. Presencié la muerte de múltiples pacientes infantiles a pesar de los máximos esfuerzos del equipo médico, muchas veces por causas completamente ajenas a nuestra capacidad de intervención, como accidentes automovilísticos o intoxicaciones por sustancias como el maldito fentanilo. En esos escenarios, el duelo no es una opción inmediata.
El trabajo no se detiene: una vida se apaga, pero muchas otras dependen de que tú continúes. Es una realidad dura, silenciosa y poco discutida.
Guardo una anécdota particularmente cruenta. Mi último acto de humanidad hacia uno de mis pacientes que trágicamente perdió la vida a causa de complicaciones derivadas de un traumatismo craneoencefálico grave fue ayudar a suturar y lavar sus heridas con agua y jabón quirúrgico (escalpelamiento), para que sus padres pudieran despedirse de él en las mejores condiciones posibles.
En ese momento, resonaron en mi mente las palabras que un colega había compartido conmigo recientemente, que evocaban una idea profundamente arraigada en la tradición médica y que Mijaíl Bulgákov retrata con crudeza entre los relatos descritos en Diario de un joven médico:
“Cuando el médico no puede sanar, puede consolar.”
Asumiendo plenamente el riesgo de sonar ridículo o soberbio, portar la bata blanca tiene un costo invisible del que rara vez se habla y que casi nunca se reconoce: el daño moral. No aparece en los contratos ni en los talones de pago de las becas, pero se acumula con cada decisión difícil, con cada noticia complicada y con cada silencio que pesa.
Te acompaña al salir de guardia; se manifiesta cuando estás distante con tu familia o tu pareja, te nubla la cabeza y a veces no te deja siquiera concentrarte, aparece de nuevo cuando cae la noche y ya no puedes evadirlo más y tienes que enfrentarte a aquellos casos que aún no logras procesar. Quizá pudiste hacer algo diferente, o quizá no había nada que pudieras hacer. Quizá sea tiempo de perdonarse a uno mismo por ser humano y concederse el derecho de continuar viviendo, avanzando cada día con la intención honesta de hacerlo un poco mejor que ayer.
Lo cierto es que la labor médica no es (ni ha sido nunca) lucrar con la enfermedad ni beneficiarse del sufrimiento ajeno, contrario la creencia injusta que "la medicina es un negocio." Como ya se señalaba en un texto clásico de la Medicina Interna:
“No hay mayor oportunidad u obligación que pueda tocarle a un ser humano que convertirse en médico.”
Aun cuando no siempre me he sentido completamente preparado, he procurado guiar mis actos con ética profesional, principios firmes y valores claros, buscando ofrecer lo mejor de mí para cada paciente que cruza la puerta de aquel consultorio sobre el Boulevard Manuel J. Clouthier, donde los casos atípicos, extremos y raros se han vuelto parte del pan de cada día.
Asma, varicela, síndromes geriátricos, lesiones cutáneas y de tejidos blandos de dudosa etiología, retiro de puntos, consulta por insomnio, ansiedad, sobrepeso y obesidad, mialgias, artralgias, fiebre sin foco, petequias...
Porque, al final, la medicina no solamente se limita a resolver gripas, cefaleas o diarreas. Ejercerla implica algo más profundo que copiar y pegar recetas desde una plantilla o machote, es sostener decisiones humanas en escenarios igualmente humanos.
«Porque el único refugio seguro en el mar agitado y turbulento de la vida consiste en no vivir perturbados por lo que el porvenir pueda traer, sino en permanecer firmes y serenos, dispuestos a recibir de frente —sin evasión ni temor— todo aquello que la fortuna decida imponernos.» — Séneca, Cartas morales a Lucilio (Cartas de un Estoico)
Fecha: Diciembre 2025
Etiquetas: Primer mes, Medicina, Estoicismo, Consultorio médico, Clínico, Reflexiones